Constanza y Alberto Alvarado
Equipos de Nuestra Señora
Nos ha correspondido en este Foro sobre la Familiaris Consortio, referirnos al MINISTERIO DE SANTIFICACIÓN DE LA COMUNIDAD FAMILIAR. Desde nuestro punto de vista, este es el tema central de la exhortación de su Santidad Juan Pablo II.
Empecemos por explicar el título solemne de esta conferencia: “Ministerio de Santificaciòn de la Comunidad Familiar” en palabras sencillas y comprensibles para todos. Esto quiere decir, simplemente, que cada uno de los miembros de la familia cristiana tiene el deber concreto y práctico de ayudar a santificar a los demás y, esto, dentro del ambito familiar.
No obstante, en nuestro esfuerzo por comentar y hacer comprensible el mensaje del Papa, nos tropezamos de inmediato con una palabra que, por lo general, produce miedo en la mayoría del pueblo cristiano: La “Santidad”. En efecto, a nivel de la religiosidad popular, existe una serie de imágenes negativas sobre la santidad. La santidad suele estar unida a milagros, a éxtasis, a visiones… cosas que evidentemente están fuera de nuestro alcance! O se nos habla de prácticas de penitencias extraordinarias: ayunos, flagelaciones, vigílias, sin contar con las enfermedades y las persecuciones… todo un mundo extraño y casi de terror en el cual, obviamente nos resistimos a entrar.
Y, cómo les parece a ustedes, que es precisamente de eso, de la Santidad, de lo que debemos hablar en este momento y a esta hora que no es precisamente la más comoda. Pero, en fin, con la ayuda del Espiritu Santo, y acudiendo a la buena voluntad de todos ustedes, intentemos meternos de lleno en el tema.
¿Sabían ustedes que todos los cristianos bautizados estamos llamados a la santidad? Sí, así de sencillo, ¡nuestra meta es ser santos!
Los teólogos dicen que SOLO DIOS ES SANTO. Y suelen citar un pasaje del profeta Oseas a través del cual Yaveh dice: “Yo soy Dios, y no hombre; en medio de ti yo soy el Santo” (Oseas 11,9).
Entonces, si solo Dios es Santo, ¿cómo es posible que nosotros los hombres y mujeres, debamos y podamos ser santos? Los teólogos también nos explican que Jesús, nuestro hermano, por ser hijo de Dios, participa de la Santidad de Dios. De hecho es Jesús quien hace descubrir el verdadero rostro de Dios. Pero insistimos: nosotros, ¿por qué y cómo podemos ser santos? Porque, gratuitamente Dios, por medio del bautismo, nos hizo también partícipes de la vida de Jesús resuscitado. Pero he aquí que, Dios nos quizo comunicar esta vida divina. Así lo testifica San Pablo cuando dice: “Pablo…a aquellos que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos” (1 Co 1,2).
Pero hay más: Juan Pablo II, en la exhortación que venimos comentando, citando un documento del Concilio Vaticano II, afirma que: “La vocación universal a la santidad se dirige también a los esposos y padres cristianos: para ellos, se específica en la celebración del sacramento y se traduce concretamente en la realidad propia de la existencia conyugal y familiar” (Lum. Gen. N° 41)
Así que, en conclusión, los esposos y padres cristianos, además de tener la vocación universal a la santidad, estamos llamados a la misma en forma muy particular.
El Papa Juan Pablo II en su exhortación, hace esta solemne afirmación: “El sacramento del matrimonio, que retoma y específica la gracia santificante del bautismo, es ciertamente una fuente especial y un medio original de santificación para los esposos y para la familia cristiana” (Fam. Cons. N° 56).
El matrimonio cristiano y la familia son un camino donde se vive el amor, donde se vive la felicidad y donde se vive la santidad. Así lo es para quienes lo quieran vivir. Desafortunadamente, el mundo en el que vivímos nos hace creer todo lo contrario, en concordancia con el reino del desamor, del egoísmo, del quererlo todo para sí sin pensar en los demás.
Pero, ¿qué es la santidad? Hay un pasaje en el Evangelio que nos ofrece una pista excelente para comprender qué es la santidad: “Jesús hablaba a la multitud cuando una mujer levantando la voz dijo: dichoso el vientre que te llevo y los pechos que te alimentaron. Pero Jesús le respondió, dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc.11, 27-28 )
La palabra “dichoso” o “bienaventurado” tiene en el lenguaje evangélico una relación muy estrecha con el concepto de santidad. Es como si dijera: “santo” es aquel que escuchando la palabra de Dios, la pone en práctica. Se trata, pues, de saber qué quiere Dios de nosotros a través de su Palabra, y tratar de aplicar a nuestra vida lo que El nos pide. Pero, ¿cómo podemos saber qué quiere Dios de nosotros si no nos habituamos a escuchar su Palabra, esto es, si no nos acostumbramos a leer la Biblia asiduamente?
El nuevo mandamiento de Jesús es muy claro: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado a vosotros” (Jn.15,12). Eso es todo, así que la santidad, para todos los cristianos consiste en practicar el mandamiento del amor y, para todos los miembros de la familia, hacerlo en el seno de la misma. Es ahí donde debemos hacernos santos y es ahí donde nace la verdadera espíritualidad conyugal y familiar. que no es otra cosa que vivir en el espíritu de Dios los acontecimientos cotidianos de la vida de familia.
Un aspecto directamente ligado con la santidad es el que tiene que ver con la práctica de los valores cristíanos. En el lenguaje común de las actividades comerciales todo lo que se adquiere con dinero representa un valor, por lo tanto, hay reciprocidad o equivalencia entre el objeto o mercancía que se adquiere y el dinero que se da por ellos. Vemos que una persona desde que se despierta por la mañana hasta que se duerme por la noche, desde que nace hasta que muere, siempre tiene y ejercita la capacidad de apreciar; siempre esta en función de escoger lo que más le agrada o convenga y esto lo realiza por medio de sus valores.
Hay muchos tipos de valores: vitales (trabajo, descanso, salud…), sensoriales (vista, oido, gusto…), afectivos (hogar, familia, amistad…), artísticos (música, danza, pintura…), morales (respeto, comprension, justícia, honradez…), religiosos (Dios, Jesucristo, fe, esperanza, caridad…). Lo que caracteríza los valores relígiosos es lo espíritual y lo trascendente, siendo Dios el valor absoluto. Por otra parte, los valores cristianos refuerzan los valores morales y les infunden un sobrevalor dándoles una finalidad trascendente. Así, por ejemplo, no es lo mismo que una persona de dinero por gusto, por lástima o por generosidad, que si lo da por amor a Dios siguiendo el consejo evangélico: “Cuanto hiciéreis a uno de estos hermanos mios mas pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt. 25, 38). Los valores evangélicos relacionados con el mandamiento del amor, los concretó Jesús en las obras de misericordia, según las cuales seremos juzgados en el último día.
Todo esto nos hace pensar que, para ser santos, debemos vivir diariamente de acuerdo con los valores cristianos.
Es evidente que semejante programa de vida no es fácil; más aún, es imposible para el ser humano solo, porque la santidad no es una empresa humana. Ya lo habiamos dicho: ¡Solo Dios es Santo!
Pero, entonces, ¿cómo será esto posible? La Iglesia nos enseña que el cristiano, por la fe y por el bautísmo, participa de la vida misma de Dios a través de la gracia santificante. Gracia, significa don o regalo de Dios. Santificante, porque este don hace que nos parezcamos a Dios en su naturaleza y en su acción. Es la vida misma de Dios en nosotros. A partir de ahí, la santidad a la cual estamos llamados aparece como algo muy sencíllo: es Dios que se nos comunica y no nos queda más que dejarlo actuar en nosotros.
No obstante, existen obstáculos para esta acción de Dios en nosotros y para vencerlos se ponen a nuestra disposición ciertos medios que debemos practicar.
a)La Eucaristía.
La familia y la Eucaristía son dos realidades inseparables. “La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano…(Fam. Cons. N° 57). Así lo afirma el Papa en su exhortacion apostólica. Ella es nuestro alimento; sin ella no podemos tener vivo a Jesucristo en nosotros y en nuestra familia. La Eucaristía es fundamental para mantener activa la gracia santificante en nosotros.
b)El sacramento de la Reconciliación.
El perdón es algo sin lo cual no funciona ninguna comunidad cristiana. La vida armónica de la pareja humana y de la familia requiere incuestionablemente de la practica permanente del perdón. Pero, perdonar no es nada facil, ni mucho menos es un comportamiento natural del ser humano. Hay que aprender a perdonar, empezando por ejercer el perdón en las cosas pequeñas de cada día. En este sentido, el dialogo entre esposos y con los demas miembros de la familia constituye un método pedagógico excelente para practicar el perdón de cada día. Sin embargo, hay que dejar el ejercicio del perdón exclusivamente para las faltas graves porque puede ocurrir que cuando sea necesario, no sepamos aplicarlo.
El perdón encuentra su expresión máxima en el sacramento de la reconciliación. Pero, dejemos al Papa Juan Pablo II que nos explique esto con sus propias palabras: “…ya por la fe, los esposos y todo los miembros de la familia descubren que el pecado contradice la alianza con Dios y también la alianza entre los esposos y la comunión de la familia; entonces ellos son invitados al reencuentro con Dios “rico en misericordia”, el cual al ofrecerles su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar”(Fam. Cons. N° 58).
c)La oración conyugal y familiar.
Nada hay que una más a los esposos entre sí y a la comunidad familiar que la oración conyugal y familiar. De la misma manera, no es posible hablar de una auténtica espiritualidad conyugal y familiar que no esté cimentada en la oración de los esposos y de los miembros de la familia. Así, lo expresa el Papa en la Familiaris Consortio: “La oración es el dialogo con Dios, por medio de Jesucristo y en el Espiritu Santo…Es el contenido mismo de la vida familiar lo que se debe colocar al entablar ese dialogo filial entre los miembros de la familia y el Padre misericordioso: gozos y penas, esperanzas y tristezas, nacimientos y aniversarios, conmemoración del matrimonio de los padres, despedidas, ausencias y regresos, ocasiones importantes y definitivas, la muerte de los seres queridos etc. son todos signos de la presencia de Dios en la historia de la familia y todos ellos deben ser motivo de acción de gracias o de súplica y de abandono en las manos del Padre común que está en los cielos." (Fam. Cons. N° 59). Además, la dignidad y la responsabilidad de la familia no puede ser vivida sin la ayuda de Dios, la cual le será otorgada indefectiblemente si es pedida con confianza y humildad.
Finalmente, el Papa nos exhorta a los padres de familia a ser educadores de nuestros hijos en la oración y a introducirlos en el conocimiento progresivo de Dios y en la relación personal con El., principalmente a través del ejemplo vivo de los padres.
Nos gustaría concluir esta pequeña conferencia profundizando un poco en la esencia misma del sacramento del matrimonio como camino de santidad. No es por simple casualidad que Jesús quizo sellar el estado matrimonial del hombre y de la mujer por medio de un sacramento. Ni siquiera el estado de consagración a la vida religiosa goza de semejante privilegio.
Pero, ¿en qué consiste ese privilegio? Todos los sacramentos suponen un acto de fe. Por el bautismo, creemos que nuestros hijos son adoptados como hijos de Dios. En la reconciliación, creemos que el sacerdote representa a Dios, del cual recibimos directamente el perdón. En la Eucaristía, creemos que Jesús esta realmente presente en las especies de pan y vino, etc. ¿En qué consiste pues, el acto de fe propio del sacramento del matrimonio? En nada menos ni en nada más que en creer que Dios se comprometió con la pareja y, por extensión, con la familia desde el día en que dimos nuestro SI al pie del altar.
Por lo tanto, Dios el solo Santo, se comprometió con la pareja y con la familia como garante de que la santidad de todos los miembros de la familia es posible y realizable por encíma de la limitación humana. No cabe duda que este es el grán misterio al que aludió San Pablo, el cual en términos pedagógicos, es resumido por los ENS en la siguiente forma para las personas casadas:
“No hay que buscar la santidad fuera del matrimonio
Ni tampoco lograrla a pesar del matrimonio,
Solo se logra la santidad dentro del matrimonio
Pero sobre todo, por medio del matrimonio”
Santafé de Bogota, 8 de diciembre de 2001.