Historia y estructura de la Exhortación Apóstólica Familiaris Consortio
Pbro. Jaime Restrepo Saldarriaga
Conferencia Episcopal de Colombia
Sección familia
Marco histórico de la Familiaris Consortio
El punto de partida tiene que ser necesariamente el Concilio Vaticano II, por dos razones fundamentales: Una: Los sínodos episcopales tienen su origen en el Decreto Christus Dominus sobre el Oficio Pastoral de los Obispos en la Iglesia: "Los Obispos escogidos de entre las diversas regiones del orbe en la forma y manera que el Romano Pontífice ha estatuido o estatuyere, prestan al Supremo Pastor de la Iglesia una ayuda más eficaz en el consejo que se designa con el nombre específico de Sínodo Episcopal, el cual, como representación que es de todo el Episcopado católico, significa a al vez que todos los Obispos en comunión jerárquica participan de la solicitud por la Iglesia universal" (n.5)
Desde 1967 se han realizado hasta ahora diez sínodos episcopales:
1967: Se trataron cinco temas diferentes.
1971: El sacerdocio ministerial y la justicia en el mundo.
1974: La evangelización en el mundo contemporáneo.
1977: La catequesis hoy.
1980: Ser y misión de la familia cristiana en el mundo.
1983: Reconciliación y penitencia.
1987: Vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo.
1990: Formación sacerdotal en la situación actual.
1994: La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo.
2001: El Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo.
NOTA: En 1985: Sínodo extraordinario para la celebración de los 20 años de conclusión del Concilio Vaticano II.
Después de cada Sínodo se ha publicado un documento que tiene como base las proposiciones que los Obispos participantes hacen para que el Santo Padre publique el documento.
Una segunda razón para mirar hacia el Concilio, es que en él se le ha dado un tratamiento novedoso al matrimonio y a la familia: Hay dos referencias de vital importancia: En la constitución dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium n. 11) y en la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et Spes nros. 48 a 52). Ahora bien, uno de los propósitos de la realización del Sínodo ha sido retomar y desarrollar la doctrina del Concilio en sus diversos aspectos.
En este contexto hemos de entender la Exhortación apostólica Familiaris Consortio, como fruto de una experiencia de Iglesia-comunión que se llevó a cabo en Roma entre el 26 de septiembre y el 25 de octubre de 1980. Algunos detalles: Era el primer sínodo en que participaba el Papa Juan Pablo II, como Pontífice de la Iglesia (y ya sabemos su interés y preocupación por el tema del matrimonio y de la familia, en el que trabajó inmensamente en su ministerio sacerdotal y episcopal), eran más de doscientos obispos y cardenales, con la ayuda de once expertos y 42 auditores, entre los cuales había 16 matrimonios, una religiosa (Madre Teresa de Calcuta), educadores y médicos, realizaron 28 sesiones, unas trescientas intervenciones en las diez asambleas plenarias y las sesiones de estudio de los once grupos lingüísticos, además de sesenta y dos informes escritos.
En este Sínodo, representativo de continentes, razas, culturas, situaciones y tipos diferentes, a la luz de la única fe en Jesucristo y su mensaje, fue madurando un rico patrimonio de ideas, esperanzas y puntos de vista que se recogieron en cuarenta y tres proposiciones.
El método de trabajo empleado para la preparación del Sínodo fue el siguiente: Se envía un primer documento, llamado los “Lineamenta” y con él se hace un estudio en la diversas Iglesias particulares. Los aportes recibidos sirven para preparar el “Documento de trabajo” que se utiliza como texto para las discusiones en el aula sinodal. Al terminar los Obispos participantes envían un mensaje al mundo y le presentan al Papa unas “proposiciones”. El Santo Padre lo manifiesta así en el número dos de la Exhortación: “Los Padres Sinodales, al concluir su Asamblea, me presentaron una larga lista de propuestas, en las que recogían los frutos de las reflexiones hechas durante las intensas jornadas de trabajo, a la vez que me pedían, con voto unánime, que me hiciera intérprete ante la humanidad de la viva solicitud de la Iglesia a favor de la familia, dando oportunas indicaciones para un renovado empeño pastoral en este sector fundamental de la vida humana y eclesial”.
¿Qué podemos concluir de esta parte histórica sobre la Familiaris Consortio?:
- Es fruto de una experiencia de comunión eclesial en la diversidad de sus razas, culturas, lenguajes y condiciones de vida. Es un testimonio de la fuerza y acción del Espíritu en el seno de la comunidad eclesial. De modo que no sólo hay que mirar el documento como tal, sino su origen, de donde le viene toda su vitalidad y su fuerza operativa. Lamentablemente la riqueza de la doctrina de la Iglesia queda reducida a un escrito y se le pierde lo esencial que es el acontecimiento histórico – salvífico. Igual importancia reviste el hecho de la universalidad o catolicidad de las experiencias eclesiales como ésta.
- La familia, el centro de interés de la Iglesia y del mundo: La celebración del Sínodo y la posterior publicación de la Exhortación pone de presente un hecho muy importante en la vida de la Iglesia: la familia como sujeto activo y creativo en la pastoral. Digamos que la Iglesia consagra el principio de que la familia es la célula primera y fundamental de la sociedad, por esta razón todo el resultado del Sínodo es un servicio a toda la humanidad, sin discriminación alguna. “El futuro de la humanidad se fragua en la familia”.
- Un tono pastoral realista y positivo: el proceso de preparación y la variada participación en el desarrollo del Sínodo nos permiten valorar este aporte tan valioso y necesario en la tarea evangelizadora. No es fácil que un documento con características universales, logre abrir unas perspectivas pastorales tan orgánicas y estructuradas como las que aparecen en la Familiaris Consortio, fáciles de asimilar y asumir en cada Iglesia particular, respetando las diferencias culturales.
- Fortalece la unidad de la Iglesia en cuanto al ejercicio del magisterio del Papa, pues su voz guía a la comunidad cristiana y garantiza unidad de criterios en torno a una institución tan importante, como el matrimonio y la familia. De igual manera, el Sínodo y el documento posterior permite apreciar la colegialidad episcopal, justamente en torno al Santo Padre, cabeza visible y signo de unidad. Digamos que este acontecimiento se vive la Iglesia. Hoy al celebrar estos 20 años, no miramos solo un documento, sino un acontecimiento eclesial y queremos compartir esa misma experiencia en este encuentro.
2. MAPA CONCEPTUAL DE LA FAMILIARIS CONSORTIO
El documento consta de una introducción, cuatro partes y una conclusión.
Introducción (nn. 1 - 3)
El Papa quiere hacer sentir la presencia de la Iglesia al servicio del matrimonio y de la familia, ya que constituyen bienes preciosos para la humanidad. Igualmente presenta la realización del Sínodo en continuidad con los anteriores que se han realizado.
PRIMERA PARTE: Luces y sombras de la familia, hoy. (nn. 4 - 10)
Contiene una mirada general a las transformaciones y los contrastes que experimenta la realidad matrimonial y familiar. Se declara expresamente que el contexto de la sociedad actual no es solamente negativo, sino que contribuye a hacer madurar valores preciosos para la familia. Se pone en evidencia el deber del "discernimiento evangélico" y de la "sabiduría cristiana", propio de toda la comunidad creyente, para una adecuada mirada a la problemática que vive la familia en nuestros días.
El conocimiento del contexto dentro del cual se realiza hoy el matrimonio y la familia es una exigencia imprescindible para toda tarea evangelizadora (n. 4). Por esta razón, la primera parte comienza con un análisis de la situación actual de la familia, para integrarlo luego en las fuentes y métodos de conocimiento de que disponen la Iglesia y los teólogos sobre esta cuestión, ofreciendo una serie de criterios para discernir, desde el evangelio, lo que son errores y lo que son signos de los tiempos (n.5).
La llamada del Espíritu resuena en los mismos acontecimientos de la historia, tejidos de luces y sombras, que afectan y condicionan fuertemente a la familia en la actualidad, empujándonos a una reflexión y compromiso profundos. En medio de tales circunstancias, los cónyuges deben ofrecer su propia e insustituible colaboración, mientras la Iglesia reflexiona, en espíritu de fe, sobre estos mismos signos para no oscurecer los valores fundamentales de la familia y llevarlos a su plena realización (n.8).
Se hace necesaria la educación de la conciencia moral, la conversión y un camino pedagógico de crecimiento. Toda la problemática de esta realidad tan amplia y tan compleja como la familia, se ha convertido en el centro de atención prioritario como presupuesto pastoral.
SEGUNDA PARTE: El designio de Dios sobre el matrimonio y la familia (nn.11-16)
Ofrece una breve presentación del proyecto de salvación que involucra directamente la dimensión conyugal y familiar a partir del Antiguo Testamento: el amor conyugal entre el hombre y la mujer significa el amor de Dios por su pueblo: amor que encuentra su cumplimiento en Cristo, el cual mediante el misterio de su muerte y resurrección, lo purifica de la debilidad y del pecado, elevándolo a signo indisoluble, fiel y fecundo de su amor por la Iglesia.
En el designio de Dios Creador y Redentor, la familia descubre no sólo su identidad, lo que es, sino también su misión, lo que puede y debe hacer.
El matrimonio es realidad y signo del amor de Dios. Llamando al hombre por amor, lo ha llamado, al mismo tiempo, al amor. Signo misterioso, el matrimonio lo es como sacramento, y lazo indisoluble que une a los esposos, como en un solo amor están unidos Cristo y la Iglesia.
Esta segunda parte considera a fondo el proyecto original de Dios y nos introduce en el núcleo del tema: el fundamento y naturaleza de la familia. La unión del hombre y la mujer no es algo esporádico y accidental; hunde sus raíces en la esencia más íntima del ser humano. El amor es la vocación fundamental e innata del ser humano.
El Papa habla reiteradamente de devolver al matrimonio y la familia a su «principio», es decir, al conocimiento pleno y a la realización integral del designio de Dios. Dios, que es amor, ha inscrito en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. Porque Dios es amor, es también un ser en relación. Procede el hombre del amor y va al amor, y esta vocación al amor es lo que hace al hombre esencialmente imagen de Dios. Se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en ser que ama. Es aquí donde la dimensión amorosa y fecunda de la pareja, en la que la sexualidad no está al margen de su personalidad, sino que pertenece a ésta y se convierte en lenguaje de la entrega plena y fecunda, aparece como un lugar de gracia y salvación para el matrimonio cristiano.
TERCERA PARTE: La misión de la familia cristiana: "Familia, sé lo que eres". (nn. 17 - 64)
La comunión dentro de la pareja y de la familia no es para crearse un paraíso cerrado, sino para potenciar también el compromiso eclesial, social y político. Custodiar, revelar y comunicar el amor será la misión fundamental de la familia.
A partir del amor se ponen de relieve cuatro cometidos básicos, con sus exigencias fundamentales respectivas. La justificación de cada una de estas cuatro funciones ocupa la parte más extensa y rica del documento.
- La formación de una comunidad de personas (nn. 18 - 27)
El amor está puesto como fundamento de toda la vida conyugal y familiar; es un amor que representa las características del amor de Dios Salvador y que en el actual momento significa mayor atención a la igualdad entre los cónyuges, a los derechos de la mujer, de los niños, de los ancianos…La tarea primera y fundamental consiste en ser familia, en vivir su identidad de comunidad estable de personas, con pleno respeto a la dignidad de todos. Es “comunidad de vida y amor”.
Sobre el fundamento de la comunión conyugal se construye la más amplia comunión de la familia y se prolonga en todos sus miembros.
- El servicio a la vida (nn. 28 - 41) Comporta:
- Una disponibilidad fecunda al misterio de la vida, hoy más que nunca necesaria en una sociedad que tiene como mentalidad un grave "no" a la vida misma. El Papa para tal mirada confirma la "Humanae vitae" de Pablo VI, citándola abundantemente. La Iglesia está a favor de la vida, ella cree firmemente que la vida humana es siempre un don espléndido del Dios de la bondad.
- La obra educativa, basada en el sacramento del matrimonio y que abarca los valores fundamentales de la vida. La familia es la primera escuela. En la transmisión de los valores fundamentales, los padres han sido constituidos por Dios como los primeros y principales educadores de los hijos, aún más, la celebración del sacramento del matrimonio les confiere un ministerio propio, para ser ejercido esencialmente en esta importante tarea educativa.
- La participación en el desarrollo de la sociedad. (nn. 42 - 48)
Es una tarea de urgente compromiso para integrar la comunidad familiar con el conjunto de las realidades sociales, escogiendo también vías de intervención para asegurar a la familia su protagonismo en la sociedad. La familia es «la escuela de las virtudes sociales» que son el alma de la vida y el desarrollo de la sociedad. Una participación activa que lleva a exigir y hacer respetar los derechos propios del matrimonio y de la familia en el campo político, jurídico y social.
- La participación en la vida y misión de la Iglesia (nn. 49 - 64)
Si la familia es una "Iglesia doméstica", ella está invitada a participar en la misión de la Iglesia contenida en su triple y unitaria referencia a Cristo: Profeta, Sacerdote y Rey. La pequeña iglesia de la familia será lugar en el que se vive la fe, se descubre y admira el plan de Dios y se hace día a día comunidad que realiza su cometido profético, acogiendo y anunciando la Palabra de Dios, comunidad misionera en universalidad, familia abierta y apostólica, alimentada en la fuente de la liturgia y los sacramentos.
La familia cristiana es:
- Comunidad creyente y evangelizadora
- Comunidad en diálogo con Dios
- Comunidad al servicio del hombre.
CUARTA PARTE: La pastoral familiar: tiempos, estructuras, responsables y situaciones (nn. 65 - 85)
Es la parte operativa del documento dirigida a solicitar una adecuada preparación al matrimonio (remota, próxima e inmediata), una significativa celebración del sacramento del matrimonio, una continua atención pastoral post-matrimonial. Entre las estructuras de la pastoral familiar, tiene particular importancia la Parroquia y para el tema de las situaciones difíciles se ha tomado sustancialmente la enseñanza consolidada después del Concilio. Se muestra la Iglesia con verdadero respeto y delicadeza, la actitud pastoral ha de ser de cercanía honesta y respetuosa para defender, por un lado, la integridad de la doctrina y, por otro, la instancia, también evangélica, de dar testimonio de comprensión, ternura y misericordia.
CONCLUSIÓN (n. 86)
El documento se cierra con una valerosa consigna para el pueblo de Dios y aún para los no creyentes, que tienen en el corazón la familia: "El futuro de la humanidad se fragua en la familia". Es un llamamiento a la responsabilidad, a la esperanza y aun al optimismo. Es la hora de los testigos y de los profetas que anuncien desde la vida la buena nueva de la comunidad familiar.

3. CLAVES DE LECTURA DEL DOCUMENTO
¿Qué entendemos por claves de lectura? Son algunos temas centrales marcan el ritmo del documento y nos permiten detectar las novedades y los acentos fundamentales para la comprensión del matrimonio y la familia y para las opciones pastorales. Ahora se señalan unos, pero otro pueden señalar algunos más.
- La antropología adecuada: Desde su primera encíclica el Papa Juan Pablo II marcó las coordenadas de su ministerio como Supremo Pastor de la Iglesia: Jesucristo, el Redentor del hombre. La mirada al misterio de la Encarnación nos permite asumir una manera de ver al hombre, al ser humano como hijo de Dios, redimido y rescatado por el misterio de la muerte y resurrección de Jesús.
El tono antropológico está tomado del Concilio Vaticano II, en la constitución pastoral sobre la Iglesia n. 22: “El misterio del hombre solo se esclarece a la luz del misterio del Verbo encarnado”. Toda la exhortación está atravesada por este contenido tan importante. El hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, llamados a vivir la comunión, capacitados para formar la comunidad de vida y amor, encargados de “crecer y multiplicarse”.
El sujeto que configura el matrimonio es un ser humano en toda la dimensión de la palabra, por lo tanto, un ser en crecimiento, un proyecto a realizar, alguien en búsqueda de la felicidad y que posee una riqueza inmensa de valores, pero también una significativa cantidad de defectos y limitaciones. Es un ser paradójico, es decir, alguien capaz de lo mejor y de lo peor, pero por encima de todo, un ser trascendente, capaz de salir de sí, superarse, crear y entrar en relación con el Absoluto, con su Creador.
Esta realidad anteriormente descrita, la comparten en su diversidad complementaria, el hombre y la mujer. Por eso su unión matrimonial es un encuentro de dos mundos, iguales en dignidad, poseedores de un inmenso potencial humano para compartir y desde ahí, construir una historia en común, en medio de alegrías, tristezas, triunfos, fracasos, proyectos, caídas, levantadas, en definitiva, con la capacidad de una absoluta apertura y disponibilidad para re-encontrarse, perdonarse, reorientarse .
En esta clave tan importante, como lo es la antropología, no podemos olvidar el tema de la cultura. Cada uno de los miembros de la “comunidad de vida y de amor”, poseen una herencia, han crecido y se han formado en el seno de una cultura, que posee valores y también anti-valores, que fueron transmitidos en un hogar y hoy, a través de los medios masivos de comunicación social. Estas realidades han de tenerse en cuenta, no como argumentos que favorezcan la desintegración o lleven a la infravaloración del matrimonio y de la familia, sino como ingredientes valiosos que permitirán una mayor riqueza en la tarea de construir una familia.
Hoy estamos en saldo rojo con relación al humanismo. La antropología con la que se mira a la persona, no es adecuada, porque está salpicada de egoísmo, de ambición, de goces pasajeros, de superficialidad. La Familiaris Consortio nos invita a mirar al hombre y a la mujer desde la perspectiva de la antropología cristiana que encuentra en Jesucristo, el Verbo encarnado, la respuesta más acorde con la dignidad de cada ser humano, tan necesaria para poder configurar la comunión matrimonial y familiar.
- Familia: comunión de personas: Una de las grandes novedades de la Exhortación está en el tratamiento conjunto que el documento da al matrimonio y a la familia. "La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana" (n. 21).
¿Cuáles son las características de esta comunión? Es una realidad dinámica que se construye día a día; es una tarea que debe ser asumida por todos y cada uno de los miembros que integran la familia; intercambio educativo entre padres e hijos; vivencia de las virtudes como el diálogo, amor, respeto, la obediencia; la autoridad de los padres ejercida como servicio; la reconciliación; el reconocimiento de los derechos de cada uno de los miembros de la familia: el hombre, la mujer, los niños, los ancianos; igualmente la aceptación y cumplimiento de los deberes que competen a cada uno de los integrantes de la comunidad familiar.
Es bien importante anotar que se amplía el concepto de familia, pues no se reduce sólo a los esposos y padres con sus hijos, también han de entrar en la construcción de la comunidad familiar aquellas personas que comparten permanentemente el mismo techo.
Esta riqueza antropológica que se encuentra en la Familiaris Consortio, nos permite comprender la novedosa dimensión que se da a la vivencia de la sexualidad en la vida matrimonial. Realidad que deben vivir los esposos como un don de Dios y como una tarea en la participación del acto creador. Una sexualidad vivida en perspectiva de respeto a la vida, abierta siempre a la vida, que respete el carácter unitivo y procreativo de estos actos mediante los cuales los esposos se configuran como una sola carne.
La antropología adecuada, comprendida y vivida como tal, transforma las relaciones familiares, dignifica a cada uno de sus miembros y potencia la "íntima comunidad de vida y amor".
Aunque en el documento aparece este elemento como parte de la misión que debe cumplir la familia en la Iglesia y en el mundo, es importante detenerse en su significado teológico. La “íntima comunidad de vida y amor” que se vive en el matrimonio está orientada a hacer de la familia una auténtica comunidad. Desde el punto de vista de la fe la comunión tiene sus raíces en la Trinidad. Dios participa de su comunión de amor al hombre y a la mujer y los capacita para que realicen su existencia justamente en la entrega mutua y en el amor complementario. De allí brota la comunión en la familia que se vive en los cuatro rostros del amor: nupcialidad, maternidad-paternidad, filiación y fraternidad. El documento de Puebla nos presenta a Dios como una familia, no una soledad. De ahí que cada familia humana está llamada a reflejar en su interior el rostro de Dios-familia y a construir la familia como una comunidad.
- Designio de Dios sobre la familia: "Es a las familias de nuestro tiempo a las que la Iglesia debe llevar el inmutable y siempre nuevo Evangelio de Jesucristo; y son a su vez las familias, implicadas en las presentes condiciones del mundo, las que están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de Dios sobre ellas" (n. 4).
Retomando la propuesta del Papa Juan Pablo II sobre la Nueva Evangelización, tendríamos que aceptar que en el campo de la pastoral matrimonial y familiar, el centro de esta nueva evangelización ha de ser el anuncio explícito del designio de Dios. La vigencia de esta propuesta no tiene discusión en el momento presente, pues en un ambiente en donde la misma institución natural es puesta en cuestión, y aún más, es atacada desde diversos ángulos, este desafío nos exige audacia y sentido profético. Como nos ha enseñado San Pablo: “a tiempo y a destiempo” y en todos los ámbitos de la vida social hay que predicar el sacramento del matrimonio, su espiritualidad, su indisolubilidad y su unidad.
La Carta apostólica asume la doctrina perenne de la Iglesia fundada en la Palabra de Dios: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre para unirse con su esposa y los dos formarán un solo ser. Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia” (Cf. Ef. 5, 23 – 33). El matrimonio es elevado a la dignidad de sacramento por la gracia del misterio de la redención de Cristo. Es un signo evidente del amor salvífico de Cristo a la Iglesia y a la humanidad.
“El (Cristo) revela la verdad original del matrimonio, la verdad del «principio» y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente” (n. 13). Esta verdad debe ser anunciada por la Iglesia a los hombres y mujeres de todas las épocas, sin temor y con valentía.
Para comprender el profundo significado de esta sacramentalidad se requiere asumir el sentido de fe que los esposos viven desde su bautismo, que los ha incorporado a Cristo en su misterio de muerte y resurrección, dándoles nueva vida. En esta perspectiva el creyente sabe que su unión matrimonial ha de pasar del umbral de lo puramente natural a la vivencia de la gracia en el sacramento, que recibe del don redentor de Cristo quien amó a su Iglesia hasta entregarse por ella.
Como consecuencia lógica de la vivencia sacramental del matrimonio está su espiritualidad. “El Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz” (n. 13). La opción matrimonial es un estado de vida que comienza con la celebración del rito sacramental y abarca toda la vida de los cónyuges hasta que la muerte los separe. Es toda la vida de los esposos la que se configura en sacramento. Un modo propio de vivir la fe en la unión matrimonial y en la experiencia familiar.
La espiritualidad cristiana es una: aquella que nace en el espíritu de Cristo resucitado. Este Espíritu ha sido infundido en nuestros corazones, desde el bautismo, fortalecido en la confirmación y ha sellado la vida de los esposos, como ha consagrado la vida de los ministros ordenados. El Espíritu nos permite avanzar en el camino de la santificación. Para todos, el mandato del Señor es claro: «sean santos como el Padre celestial es santo». El matrimonio es un camino de santidad, día a día, con la gracia del sacramento y la ayuda de Dios los esposos y toda la familia busca ser fiel a los mandatos del Señor y alcanzar la cumbre de la santidad. Esta experiencia marca una diferencia radical entre el matrimonio sacramento y otro tipo de uniones, pues más allá de los logros humanos de realización personal y de empatía entre los seres que se aman, está el proyecto de Dios que ofrece la plenitud de la vida, en la santidad.
Hablar de espiritualidad conyugal y familiar no es inventarse nada nuevo, simplemente es asumir el don del sacramento y vivenciarlo a través de toda la existencia. El Espíritu de donación de Cristo en la cruz, ha de convertirse en el motor o en el impulso permanente que anima la vida de cada uno de los cónyuges y de toda la comunidad familiar. “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”, no dice el apóstol Pablo.
Vivir animados por el Espíritu del Señor en la realidad matrimonial y familiar exige un proceso de permanente alimentación, de cultivo constante. El documento está atravesado por este espíritu de principio a fin. Desde el momento mismo que aceptamos el matrimonio como una vocación, como un llamado de Dios a realizar su plan salvífico mediante la experiencia del amor, hasta aquellas situaciones que lamentablemente van desfigurando este proyecto de vida y que deben recibir el don de la redención.
Esta espiritualidad tiene el sello de la comunión eclesial. La riqueza de la caridad conyugal que viven los esposos se derrama a todos los miembros de la familia y hace de ella una «pequeña iglesia» o iglesia doméstica. En ella acontece la presencia salvadora de Jesucristo, se trasmite la fe y se preparan adecuadamente los sacramentos, se fortalece con el anuncio y la escucha de la Palabra, se alimenta en los sacramentos, especialmente la reconciliación y la Eucaristía y se testimonia mediante una vida de caridad y de servicio a los hermanos. Esta espiritualidad se estimula constantemente con la oración personal, conyugal y familiar.
Por otro lado, la misma familia, como iglesia doméstica está indicando a todo el pueblo de Dios cómo debemos entender la comunión eclesial que lo anima. Porque la Iglesia es una familia: la familia de los hijos de Dios, en donde nos reúne la fraternidad que se basa en la paternidad divina y en la maternidad eclesial, donde cada miembro es valorado por lo que es y no por lo que hace o tiene. La Iglesia, así, puede y debe asumir en su propia vida y en su misión una dimensión más doméstica, esto es, adoptando un estilo de relaciones más humano y fraterno (FC 64).
- La misión: La dinámica propia de la historia de la salvación ha sido siempre: llamamiento y misión. En la concepción anterior del matrimonio se habló siempre de los fines primario y secundario. A partir del Concilio Vaticano II, con una eclesiología de comunión y participación, se asume una dimensión más amplia que el mero cumplimiento de los deberes conyugales. Se trata de un envío. Dios llama al hombre y a la mujer a vivir la realidad matrimonial y familiar como un camino de santificación para ellos y para la familia que allí se origina, pero también les confía una misión, los envía como matrimonio y familia, esta es una novedad muy grande en el documento, un valor inestimable que enriquece sobremanera la comprensión del matrimonio y la familia desde la fe cristiana.
"El sacramento del matrimonio…constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo «hasta los confines de la tierra», como verdaderos y propios «misioneros» del amor y de la vida" (n.54) Lo realmente específico y característico del cumplimiento del envío misionero para los esposos cristianos es "custodiar, revelar y comunicar el amor". Empleando los términos del apóstol Pablo en su carta a los Efesios, se trataría del carisma propio, según el don de Cristo para la edificación de su cuerpo. Es un carisma asumido en pareja y en familia.
Los esposos y su familia, desde la fe del bautismo y el sacramento del matrimonio son enviados, como los discípulos, a todas las naciones, hasta los confines de la tierra. Poseen el dinamismo propio de la misión: salir de sí, testimoniar la vida nueva en Cristo. Esta misión la ha de cumplir el matrimonio y la familia en dos direcciones: al interno de la Iglesia y en la sociedad.
La parte más extensa del documento es ésta relacionada con el quehacer del matrimonio y la familia. El Papa se extiende ampliamente, porque no sólo se dedica a describir lo que debe hacer la familia, sino que profundiza y sustenta con razones teológicas dicho quehacer.
En este campo podemos ubicar igualmente otro tema de vital importancia que aparece en el documento: la ministerialidad conyugal. El bautismo, la confirmación y en especial el sacramento del matrimonio hacen de los esposos y de su familia unos ministros con una tarea muy específica en medio de la comunidad cristiana. Ministerio para el cual reciben los carismas propios del Espíritu y son para el servicio. Una comunidad cristiana que no tenga personas viviendo el matrimonio sacramentalmente, es una comunidad muy pobre porque carece de ese servicio ministerial que la Familiaris consortio llama: “ministros de la vida y del amor”
- La pastoral matrimonial y familiar: La cuarta parte de la Exhortación está dedicada a la pastoral familiar: tiempos, estructuras, agentes y los casos difíciles. Vale la pena que comprendamos el enfoque pastoral que ofrece el documento: Se considera la pastoral familiar como la construcción de la Iglesia-Familia de Dios a partir de las familias-iglesias. Está en el trasfondo el sentido de "iglesia doméstica". La Iglesia con su estructura y sus agentes asume la responsabilidad de organizar la pastoral familiar integrada al conjunto de toda la pastoral eclesial, "los planes de pastoral orgánica a cualquier nivel, no deben prescindir nunca de tomar en consideración la pastoral de la familia (n. 70).
La atención y el cuidado a los matrimonios y a las familias deben hacerse desde una perspectiva interdisciplinar. Esto significa que hay que integrar en los programas la participación de expertos en ciencias sociales, jurídicas, psicológicas. El pastoreo no hace referencia exclusivamente al aspecto religioso. Por eso se recomienda organizar centros de atención integral, para que las personas, las parejas y las familias puedan encontrar ayuda adecuada a sus problemáticas que generalmente son muy complejas.