EDUCACION Y FAMILIA EN EL MINISTERIO DE LA EVANGELIZACION

P. Juan Vicente Córdoba Villota ,SJ
Presidente Nacional de CONACED

1. CONTEXTUALIZACION

Para contextualizarnos y no perder la mira universal, recordemos que existen actualmente mil millones de niños en el mundo en edad escolar para cincuenta y siete millones de profesores. A pesar de esto, ciento treinta millones de niños no están escolarizados y novecientos millones de adultos son analfabetos.

Frente a esta pobreza educativa que afecta a los países en vía de desarrollo, Occidente está amenazado por otra forma de pobreza:

Ceguera por la fascinación de vida a las posibilidades ofrecidas por el dinero, el consumismo y los adelantos tecno-científicos; se ve, anotaba el Santo Padre en Tertio Milenium Adveniente “internamente empobrecido por el olvido y la marginación de Dios”.

Lo anterior lleva a una triple resistencia a la escuela católica expresada de la siguiente manera:

  1. Ignorancia de lo que es la escuela católica, por tanto exclusión de ella por ausencia de la cultura cristiana con la consecuente descristianización de la cultura impregnada por la secularización.
  2. Tensión interior manifestada por un conflicto que se expresa en un verdadero desasosiego por parte de padres de familia, alumnos y profesores entre el deseo de seguir la verdad y el deseo de agradar al mundo.
  3. Esta resistencia compromete a la voluntad. Consiste en una negación argumentada de la escuela católica y su identidad religiosa.

2. ¿A QUIENES COMPETE EDUCAR A LOS NIÑOS Y A LOS JOVENES?

La contextualización anterior nos aboca a un dilema grave: la escuela católica debe formar hombres y mujeres para Dios, con excelencia integral, para servir a los demás; constatamos que la cultura ambiente no permite que la escuela católica lo haga, y ella misma está perdiendo su identidad. ¿Entonces si la sal se vuelve insípida, quién educa para Dios?.

Siendo esto ya un problema, al tratar de afrontarlo y resolverlo, descubrimos que la escuela católica debe reencontrar su identidad, su quehacer y su responsabilidad; pero, lo más importante es que con visión totalizante descubrimos que la responsabilidad de educar no es solo de la escuela católica sino primaria y fundamentalmente de la familia, Iglesia doméstica, lugar privilegiado de evangelización, de catequesis y de quehacer cristiano.

La tarea educativa es parte de la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios.

En la Familiaris Consortio el Papa Juan Pablo II nos señala que los esposos al engendrar por amor a un hijo, asumen por vocación la obligación de ayudarlo eficazmente a vivir una vida plenamente humana (No.36).

El Concilio Vaticano II en Gravissimum Educationis No.3 afirma que los padres han dado la vida a los hijos y tienen la gravisima obligación de educarlos, y por tanto, HAY QUE RECONOCERLOS como los primeros y principales educadores de sus hijos. Si esto falta difícilmente puede suplirse y queda el gran y grave vacío.

El Papa califica de esencial este derecho-deber educativo de los padres como también de original y primario, respecto al deber educativo de los demás como insustituible e inalienable no pudiendo ser totalmente delegado o usurpado por otros.

Pero por encima de lo anterior el elemento más radical de este deber, es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida.

3. COMO DEBEN EDUCAR LOS PADRES

Los padres cristianos tienen como fuente nueva y específica el sacramento del matrimonio, que los consagra a la educación propiamente cristiana de los hijos, es decir, los llama a participar de la misma autoridad y del mismo amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como del amor materno de la Iglesia, y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo para ayudar a los hijos en su crecimiento humano y cristiano ( Familiaris Consortio No.38).

La clave de este quehacer para que sea efectivo es el testimonio de vida cristiano, en la Iglesia Católica, de una fe vivida traslúcida en hechos concretos de servicio a los demás, especialmente a los más necesitados para la gloria y el amor de Dios. De aquí se desprende una coherente vida moral en todos los aspectos de la vida, de tal manera que se convierte en clave de educación y formación de los hijos, la siguiente sentencia: Que los valores proclamados vayan al unísono y en total coherencia con los valores vividos.

4. CONTENIDO DE LA EDUCACION

  1. Los hijos deben ser educados en un sentido de la verdadera justicia que lleva a amar a Dios sobre todas las cosas y el consecuente respeto de la dignidad personal de cada ser humano por ser hijo de Dios.
  2. Debe ser el niño educado en el sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados. El Papa nos dice: “La comunicación y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad”. (Familiaris Consortio No.37)
  3. De la educación para el amor como don de sí mismo se desprende el deber de los padres de ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. El Papa Juan Pablo II presenta la sexualidad como una riqueza de toda la persona, cuerpo, sentimiento y espíritu, manifestando su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor. La educación sexual, derecho y deber fundamental de los padres, debe realizarse siempre bajo su dirección solícita, tanto en casa como en los centros educativos elegidos y controlados por ellos.
  4. Educar para vivir la Iglesia doméstica como sacramento de la Iglesia Universal.

    Deben los padres procurar mostrar a los hijos a cuán profundos significados conducen la fe y la caridad de Jesucristo, con la conciencia que el Señor confía a ellos el crecimiento de un hijo de Dios, de un hermano de Cristo, de un templo del Espíritu Santo, de un miembro de la Iglesia, al servicio de los demás. (Familiaris Consortio No.39).

    La misión educativa de la familia cristiana se constituye así como un verdadero ministerio, por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe, invocación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. El Papa Pablo VI en la Evangelii nuntiandi dice: “En la familia, todos los miembros evangelizan y son evangelizadores”. Son pues los padres los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos.
  5. Familia y otras fuerzas educativas. La familia es la primera, per no la única y exclusiva comunidad educadora, y es por eso que para articular y estructurar adecuadamente la formación, debe entrar en una colaboración ordenada con las diversas fuerzas educativas. La escuela católica importante educadora debe prestar una atención especial tanto a los padres de los alumnos como a la formación de una comunidad educadora.

    Los padres de familia deben asegurarse de elegir una escuela conforme con su fe religiosa. La familia debe vigilar que no enseñen a sus hijos en forma destructiva ideologías contrarias a la fe cristiana.

    Los padres de familia deben percatarse que la escuela católica fortalezca el conocimiento y la conciencia de su identidad. De otro lado, igualmente se debe vigilar el que la escuela católica abra siempre y más los espíritus y las personas de los estudiantes a la realidad de la fraternidad de todos los hombres. La escuela católica educará en la verdad de la dimensión internacional, despertando la conciencia de la solidaridad humana de la diversidad de las culturas y de las religiones. La escuela católica debe dar cuenta de la esperanza que está en ella. (1Pe. 3.15)

5. COMO EDUCA UN BUEN PADRE DE FAMILIA

Tal como las virtudes de las madres son exaltadas universalmente y es difícil encontrar una sola virtud que no sea adjudicada a la mujer, el sentido de la paternidad se está perdiendo. Se ha desdibujado el rol del hombre en la sociedad y en la familia. Pareciera que hoy todo vale, desde el padre reproductor proveedor que rechaza cualquier responsabilidad moral frente a sus hijos y su familia, pasando por el que cínicamente se siente libre de toda obligación si no hay compromisos jurídicos vigentes, hasta el padre de familia prudente y diligente del que habla el Derecho Romano.

En algunas ocasiones, el debilitamiento del concepto de la paternidad ha llevado a pensar, que la irresponsabilidad frente a los compromisos y obligaciones de la paternidad es lo normal. Se ha llegado a tal nivel de aberración moral, que se está tomando como natural, conductas que hace poco eran rechazadas aun en las culturas más liberales, como la venta de semen humano a bancos de esta especialidad. Degradándose el hombre por debajo de la categoría de insecto. De aquí la importancia de determinar las dimensiones de una paternidad antropológicamente recta.

Conviene aclarar, que no se pretende una superioridad del hombre sobre la mujer. Se trata de destacar lo natural en una complementariedad sublime entre iguales que se pertenecen, y que necesariamente deben formar unidad en una alianza eterna de amor, que pende del respeto mutuo entre pares. La idea es escrutar de la naturaleza humana los valores vertebradores de la familia, como fuente ética de fiar, liberando a la sociedad del relativismo de esas construcciones culturales que algunos toman como norma. Tampoco se dice que las madres solteras, abandonadas, viudas o separadas no podrán educar bien a sus hijos, lo que se afirma es que les va a quedar más difícil.

  1. El buen padre de familia es la complementariedad en la familia de la visión del mundo. Es la actitud reflexiva en el hogar por excelencia. Es el que por su carácter amoroso y espíritu paternal, sus hijos varones serán más hombres y las niñas más mujeres.
  2. El buen padre de familia es el que confirma con hechos y ejemplos, los consejos y observaciones de la madre a los hijos.
  3. El buen padre de familia, además de esposo es el compañero, confidente y amigo de su mujer. Es quien la cuida, comprende, aconseja. oye, respalda, ayuda en los problemas y necesidades.
  4. El buen padre de familia, es aquel que da apoyo emocional y físico a su mujer, y quien, por regla general, da el soporte económico principal a la familia.
  5. El buen padre de familia, es el que entiende que su mayor contribución a la humanidad son sus hijos, conscientes de que el triunfo del mal depende del silencio de la gente de bien. Es aquel que forma unos hijos capaces de soñar con construir un mundo mejor.
  6. Un buen padre de familia, es el que sabe dar ejemplo de carácter al aceptar con humildad su error cuando ella le llama la atención.
  7. El buen padre de familia es quien estimula el diálogo preventivo y oportuno en el hogar, consciente de que cuatro ojos ven más que dos, sobre todo cuando se trata de personas diferentes, en formación, experiencias y carácter.
  8. El buen padre de familia, entiende que la idea es que él sea suplemento oportuno y eficiente en los quehaceres ordinarios de la casa, haya o no haya hijos.
  9. El buen padre de familia, es el hombre bueno, prudente, diligente, alegre y fiel al que acuden necesariamente en la familia.
  10. El buen padre de familia es aquel que con su vida, trasunta –refleja- la mano de Dios. Es aquel por quien los hijos podrán llegar a entender –claro, a su nivel- las dimensiones de la paternidad de Dios. Por él podrán llegar a visualizar el alcance y lo que significa que los hombres tenemos un Dios que es a la vez Padre nuestro. Es aquel que sabe que de la imagen que tengan sus hijos de él como padre recto y bueno, podrán comprender, deducir y visualizar la imagen de ese Padre Celestial, amoroso y misericordioso. Es aquel en el que los hijos ven el significado de la redención de Cristo, al ver su lucha por la verdad, por crecer, por superar el dolor, por levantarse de los fracasos permanentes y dificultades del día a día. Es aquel por quien los hijos llegan a asimilar el sentido de ser cocreadores del universo con nuestro Padre Eterno. Ese por quien –en comunidad con su mujer- los hijos podrán entender ese amor generador de vida, ese amor que es la vida misma, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Es aquel por quien, por su amor a la vida y a la familia, sus hijos entenderán que la alianza entre Dios y los hombres adquiere su plenitud en el hogar, al ser sus padres partícipes de su amor, como cocreadores con Él.

La familia y la escuela católica deben mutuamente discernir cómo educar cristianamente a sus hijos en la perspectiva clara de que a esa formación, nada humano le debe faltar pero a la vez muy conscientes que nada solamente humano nos es suficiente.