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PONTIFICIO CONSEJO PARA LA
FAMILIA TEMAS DE REFLEXIÓN Y
DIÁLOGO COMO PREPARACIÓN AL IV ENCUENTRO MUNDIAL DE
LAS FAMILIAS LA FAMILIA CRISTIANA: UNA BUENA NUEVA PARA EL TERCER MILENIO (Manila,
25-26 de enero de 2003) En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y
una mujer —relación recíproca y total, única e indisoluble— responde al
proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la «dureza de
corazón», pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario,
revelando lo que Dios ha querido «desde el principio» (cf. Mt 19,8). En el matrimonio, elevado a
la dignidad de Sacramento, se expresa además el «gran misterio» del amor
esponsal de Cristo a su Iglesia (cf. Ef
5,32). En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta
cultura, aunque sea muy extendida y a veces «militante». Conviene más bien
procurar que, mediante una educación evangélica cada vez más completa, las
familias cristianas ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio
vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas
exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo,
la de los más frágiles que son los hijos. Las familias mismas deben ser cada
vez más conscientes de la atención debida a los hijos y hacerse promotores de
una eficaz presencia eclesial y social para tutelar sus derechos. Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y convicción la «buena nueva» sobre la familia,
que tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de nuevo y de entender cada
vez mejor las palabras auténticas que le revelan su identidad, sus recursos
interiores. PRESENTACIÓN He
aquí el subsidio que ofrecemos, a la misma manera de los precedentes
Encuentros Mundiales, como instrumento de reflexión y de meditación, de
diálogo y de oración, en preparación del IV
Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Manila (Filipinas)
los días 25 y 26 de enero de 2003. Este
IV Encuentro Mundial es continuación del primero, efectuado en Roma durante
el Año de la Familia (1994), del segundo, que tuvo lugar en Río de Janeiro en
el 1997, y del tercero, celebrado en Roma en el mes de octubre de 2000
(Jubileo de las Familias). El lema inspirador: «La familia cristiana: una buena nueva
para el tercer milenio», ha sido escogido por el Santo Padre Juan Pablo
II. Su Santidad, en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, dice: «La relación entre
un hombre y una mujer —relación recíproca y total, única e indisoluble— responde
al proyecto primitivo de Dios».
Como consecuencia, continúa el Papa, «en este punto la Iglesia no
puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y
a veces militante» (n. 47).
Este misterio del «principio», revelado a los cónyuges en el amor de Cristo a
su Iglesia, es acogido en la Palabra y en el sacramento y los hace testigos
de la Buena Nueva en la vida de familia. Las fichas que siguen, en número de 12, desarrollan las temáticas más
significativas relacionadas con la familia cristiana como buena nueva. Las
propuestas presentadas, en forma sintética y fácil, reproponen temas
fundamentales de la enseñanza de la Iglesia y han sido extraídas, casi siempre textualmente, de los documentos más recientes, especialmente del Concilio
Vaticano II y del Pontificado de Juan Pablo II. Estos subsidios pueden ser utilizados como guías por los agentes de
pastoral familiar, en un encuentro de reflexión y de diálogo, a realizarse
preferentemente en las asambleas familiares, adaptando los temas a las
diversas culturas y a los contextos sociales locales. Estas asambleas
familiares consisten en reuniones de grupos de familias, padres e hijos,
durante las cuales, con la ayuda de un guía se reflexiona sobre los temas
propuestos. La estructura de cada reunión es muy sencilla: después de un canto para
comenzar y de la oración del Padre Nuestro, se lee un trozo de las Sagradas
Escrituras. Se pasa entonces a la lectura del tema y seguidamente el
sacerdote o el guía pueden hacer una breve reflexión que introduzca al
diálogo de los participantes y a la adopción de un compromiso. La reunión
termina con la recitación del Ave María, de la Plegaria por la Familia y con
un canto final. Los
temas de reflexión y diálogo son adecuados para la preparación a las
temáticas del Encuentro Mundial de las Familias, sea para aquellos que
llegarán a Manila para el 25 y 26 de enero de 2003, como para aquellas
familias que celebrarán el Encuentro en las respectivas Diócesis. ÍNDICE
I. La familia acoge y
anuncia la Buena Nueva
II. La familia cristiana, testigo de la
alianza pascual
III. La familia, corazón de la evangelización
IV. La familia cristiana, iglesia
doméstica
V. La santidad de la
familia al servicio del Evangelio
VI. La
Eucaristía, signo y alimento para el amor conyugal sin límites VII. Reconciliación
y perdón en la familia
VIII. La familia, comunidad de oración
IX. La familia, nucleo y fuente de bien
social X. La
familia y el amor por los más débiles
XI. La familia prepara y
sigue a las familias jóvenes
XII. La
familia, santuario de la vida
I. LA FAMILIA ACOGE Y ANUNCIA
LA
BUENA NUEVA
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le
cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le
envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el
alojamiento. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y
vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Angel del
Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: “No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será
para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador,
que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño
envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” Y de pronto se juntó con el
ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
“Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él
se complace.”» (Lucas 2, 6-14). Reflexión
La
Iglesia Madre engendra, educa, edifica la familia cristiana. Con el anuncio
de la Palabra de Dios, revela a la familia cristiana su verdadera identidad,
lo que es y debe ser según el plan del Señor; con la celebración de los
sacramentos, la Iglesia enriquece y corrobora a la familia cristiana con la
gracia de Cristo; con la renovada proclamación del mandamiento nuevo de la
caridad, la Iglesia anima y guía a la familia cristiana al servicio del amor,
para que imite y reviva el mismo amor de donación y sacrificio que el Señor
Jesús nutre hacia toda la humanidad. La familia
acoge y anuncia la Palabra Por su parte la familia cristiana está insertada de
tal forma en el misterio de la Iglesia que participa, a su manera, en la
misión de salvación que es propia de la Iglesia: acoge y anuncia la Palabra de Dios. Se hace así, cada día más,
una comunidad creyente y evangelizadora. También a los esposos y padres cristianos se exige la obediencia a la
fe (cf. Rm 16, 26), ya que son
llamados a acoger la Palabra del Señor que les revela la estupenda novedad
—la Buena Nueva— de su vida conyugal y familiar, que Cristo ha hecho santa y
santificadora. En efecto, solamente mediante la fe ellos pueden descubrir y
admirar con gozosa gratitud a qué dignidad ha elevado Dios el matrimonio y la
familia, constituyéndolos en signo y lugar de la alianza de amor entre Dios y
los hombres, entre Jesucristo y la Iglesia esposa suya. La misma preparación al matrimonio cristiano se califica ya como un
itinerario de fe. Es, en efecto, una ocasión privilegiada para que los novios
vuelvan a descubrir y profundicen la fe recibida en el Bautismo y alimentada
con la educación cristiana. De esta manera reconocen y acogen libremente la
vocación a vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en
el estado matrimonial. En
la vida diaria de cada jornada El momento fundamental de la fe de los
esposos está en la celebración del sacramento del matrimonio, que en el fondo
de su naturaleza es la proclamación, dentro de la Iglesia, de la Buena Nueva
sobre el amor conyugal. Es la Palabra de Dios que «revela» y «culmina» el
proyecto sabio y amoroso que Dios tiene sobre los esposos, llamados a la
misteriosa y real participación en el amor mismo de Dios hacia la humanidad.
Si la celebración sacramental del matrimonio es una proclamación de la
Palabra de Dios, hecha dentro y con la Iglesia, comunidad de creyentes, ha de
ser también continuada en la vida de los esposos y de la familia. En efecto,
Dios que ha llamado a los esposos «al» matrimonio, continúa a llamarlos «en
el» matrimonio. Dentro y a través de los hechos, los problemas, las
dificultades, los acontecimientos de la existencia de cada día, Dios viene a
ellos, revelando y proponiendo las «exigencias» concretas de su participación
en el amor de Cristo por su Iglesia, de acuerdo con la particular situación
—familiar, social y eclesial— en la que se encuentran. En la medida en que la familia cristiana acoge el Evangelio y madura en
la fe, se hace comunidad evangelizadora. La familia, al igual que la Iglesia,
debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se
irradia. Dentro pues de una familia consciente de esta misión, todos los
miembros de la misma evangelizan y son evangelizados. Los padres no sólo
comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos
este mismo Evangelio profundamente vivido. Una familia así se hace
evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive. En el seno del apostolado evangelizador de los seglares, es imposible
dejar de subrayar la acción evangelizadora de la familia. En efecto, la
futura evangelización depende en gran parte de la Iglesia doméstica. Esta
actividad apostólica de la familia está enraizada en el Bautismo y recibe con
la gracia sacramental del matrimonio una nueva fuerza para transmitir la fe,
para santificar y transformar la sociedad actual según el plan de Dios. El
porvenir de la humanidad está en manos de las familias que saben dar a las
generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final II. LA FAMILIA CRISTIANA, TESTIGO
DE LA ALIANZA PASCUAL
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Maridos, amad a vuestras
mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para
santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la
palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los
maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se
ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la
alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos
miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se
unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste,
lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros,
que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al
marido» (Ef 5, 25-33). Reflexión
La
familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo
de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la
alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón:
la familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del
reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. Signo de la
Alianza Pascual La Iglesia profesa que
el matrimonio, como sacramento de la alianza de los esposos, es un «gran
misterio», ya que en él se manifiesta el amor
esponsal de Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: «Maridos, amad a vuestras
mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para
santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la
palabra» (Ef 5, 25-26). El Apóstol
se refiere aquí al bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a los
Romanos, presentándolo como participación en la muerte de Cristo para
compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4).
En este sacramento el creyente nace como
hombre nuevo, pues el bautismo tiene el poder de transmitir una vida nueva,
la vida misma de Dios. El misterio de Dios-hombre se compendia, en cierto
modo, en el acontecimiento bautismal: «Jesucristo nuestro Señor, Hijo de Dios
—dirá más tarde san Ireneo, y con él varios Padres de la Iglesia de Oriente y
de Occidente— se hizo hijo del hombre para que el hombre pudiera llegar a ser
hijo de Dios» (cf. Adversus haereses
III, 10, 2: PG 7, 873). Cristo
Esposo de la Iglesia Hay ciertamente un nuevo modo de presentar la
verdad eterna sobre el matrimonio y la familia a la luz de la nueva alianza.
Cristo la reveló en el evangelio, con su presencia en Caná de Galilea, con el
sacrificio de la cruz y los sacramentos de su Iglesia. Así, los esposos
tienen en Cristo un punto de referencia
para su amor esponsal. Al hablar de Cristo esposo de la Iglesia, san
Pablo se refiere de modo análogo al amor esponsal y alude al libro del
Génesis: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su
mujer, y se harán una sola carne» (Gn 2,
24). Éste es el «gran misterio» del amor eterno ya presente antes en la
creación, revelado en Cristo y confiado a la Iglesia. «Gran misterio es éste
—repite el Apóstol—, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5, 32). No se puede, pues,
comprender a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, como signo de la
alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de
salvación, sin hacer referencia al «gran misterio», unido a la creación del
hombre varón y mujer, y a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad
y a la maternidad. No existe el «gran misterio», que es la Iglesia y la
humanidad en Cristo, sin el «gran misterio» expresado en el ser «una sola
carne» (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad
del matrimonio y de la familia. Familia,
gran misterio La familia misma es el gran misterio de Dios. Como «iglesia doméstica»,
es la esposa de Cristo. La Iglesia
universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se manifiesta más
inmediatamente como esposa de Cristo en la «iglesia doméstica» y en el amor
que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno, amor fraterno,
amor de una comunidad de personas y de generaciones. ¿Acaso se puede imaginar
el amor humano sin el esposo y sin el amor con que él amó primero hasta el
extremo? Sólo si participan en este amor y en este «gran misterio» los
esposos pueden amar «hasta el extremo»: o se hacen partícipes del mismo, o
bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus
exigencias. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Porqué en la vida conyugal los
cónyuges testimonian el misterio de la alianza pascual entre Cristo y su
Iglesia?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final III. LA FAMILIA, CORAZÓN DE LA
EVANGELIZACIÓN Canto inicial
Oración del Padre Nuestro
Lectura de la Biblia
«Jesús volvió a Galilea por la fuerza del
Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. El iba enseñando en sus
sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado y, según
su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer
la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el
volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre
mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha
enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor»
(Lc 4, 14-19) Reflexión
Entre los cometidos fundamentales de la familia
cristiana se halla el eclesial, es decir, que ella está puesta al servicio de
la edificación del Reino de Dios en la historia, mediante la participación en
la vida y misión de la Iglesia. Está llamada a tomar parte viva y responsable
en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo a
servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor. Comunidad de vida y amor
Si la familia cristiana es comunidad cuyos vínculos
son renovados por Cristo mediante la fe y los sacramentos, su participación
en la misión de la Iglesia debe realizarse según una modalidad comunitaria; juntos, pues, los cónyuges en cuanto pareja, y los padres e hijos
en cuanto familia, han de vivir su
servicio a la Iglesia y al mundo. Deben ser en la fe «un corazón y un alma
sola» (Hch 4, 32), mediante el
común espíritu apostólico que los anima y la colaboración que los empeña en
las obras de servicio a la comunidad eclesial y civil. La familia cristiana edifica además el Reino de Dios en la historia
mediante esas mismas realidades cotidianas que tocan y distinguen su
condición de vida. Es por ello en el amor
conyugal y familiar —vivido en su extraordinaria riqueza de valores y
exigencias de totalidad, unicidad, fidelidad y fecundidad— donde se expresa y
realiza la participación de la familia cristiana en la misión profética,
sacerdotal y real de Jesucristo y de su Iglesia. El amor y la vida
constituyen por lo tanto el núcleo de la misión salvífica de la familia
cristiana en la Iglesia y para la Iglesia. Familia,
sujeto de evangelización Lo
recuerda también el Concilio Vaticano II cuando dice que la familia hará
partícipes a otras familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así
es como la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es
imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia,
manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica
naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y
fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus
miembros. Participando así en la vida y en la misión eclesial, la familia está
llamada a desempeñar su deber educativo en
la Iglesia. Ésta desea educar sobre todo por medio de la familia, habilitada para ello por el sacramento,
con la correlativa «gracia de estado» y el específico «carisma» de la
comunidad familiar. La educación
religiosa Uno de los campos en los que la familia es
insustituible es ciertamente el de la educación
religiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia doméstica».
La educación religiosa y la catequesis de los hijos sitúan a la familia en el
ámbito de la Iglesia como un verdadero sujeto
de evangelización y de apostolado. Se trata de un derecho relacionado
íntimamente con el principio de la
libertad religiosa. Las familias, y más concretamente los padres, tienen
la libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de
educación religiosa y moral, de acuerdo con las propias convicciones. Pero
incluso cuando confían estos cometidos a instituciones eclesiásticas o a
escuelas dirigidas por personal religioso, es necesario que su presencia
educativa siga siendo constante y
activa. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Porqué los padres son los primeros
y principales educadores de los hijos y porqué tal educación es un
derecho-deber de ellos?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final IV. LA FAMILIA CRISTIANA,
IGLESIA DOMÉSTICA Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura
de la Biblia
«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a
una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre
llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y
entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella
se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El
ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;
vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor
Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por
los siglos y su reino no tendrá fin”» (Lc 1, 26-33). Reflexión Cristo
quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La
Iglesia no es otra cosa que la «familia de Dios». Desde sus orígenes, el
núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con toda su
casa, habían llegado a ser creyentes (cf. Hch
18,8). Cuando se convertían deseaban también que se salvase toda su casa (cf.
Hch 16,31 y 11,14). Estas familias
convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente. En nuestros días, en un mundo frecuentemente extraño e incluso hostil a
la fe, las familias creyentes tienen una importancia primordial en cuanto
faros de una fe viva e irradiadora. Por eso el Concilio Vaticano II llama a
la familia, con una antigua expresión, «Ecclesia
domestica» - Iglesia doméstica
(LG, 11; cf. FC, 21). En el seno de la familia, los padres han de ser para sus
hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y
han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la
vocación a la vida consagrada. Sacerdocio bautismal y catequesis familiar
Aquí es donde se ejercita de manera privilegiada el
sacerdocio bautismal del padre de
familia, de la madre, de los hijos, de todos los miembros de la familia, en
la recepción de los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con
el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en
obras. El hogar es así la primera escuela de vida cristiana y escuela del más
rico humanismo. Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor
fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino
por medio de la oración y la ofrenda de su vida. La absoluta
necesidad de la catequesis familiar surge con singular fuerza en determinadas
situaciones, que la Iglesia constata por desgracia en diversos lugares: en
los lugares donde una legislación antirreligiosa pretende incluso impedir la
educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado el
secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera
creencia religiosa, la «Iglesia doméstica» es el único ámbito donde los niños
y los jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis. Apertura a los lejanos La familia es la Iglesia doméstica llamada también
a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para
los «alejados», para las familias que no creen todavía y para las familias
cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está llamada con su
ejemplo y testimonio a iluminar a los que buscan la verdad. Así como ya al
principio del cristianismo Aquila y Priscila (cf. Hch 18; Rm 16, 3-4),
así la Iglesia testimonia hoy su incesante novedad y vigor con la presencia
de cónyuges y familias cristianas que, al menos durante un cierto período de
tiempo, van a tierras de misión a anunciar el Evangelio, sirviendo al hombre
por amor de Jesucristo. Muchas personas viven sin familia
humana, con frecuencia a causa de condiciones de pobreza. Hay quienes
viven su situación según el espíritu de las bienaventuranzas sirviendo a Dios
y al prójimo de manera ejemplar. A todas ellas es preciso abrirles las
puertas de los hogares, «iglesias domésticas» y las puertas de la gran
familia que es la Iglesia. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la
Iglesia es casa y familia de todos, especialmente para cuantos están
«fatigados y agobiados» (Mt 11, 28). Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Qué significa, en la vida diaria,
ser «iglesia doméstica»?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final V. LA SANTIDAD DE LA FAMILIA AL SERVICIO DEL EVANGELIO Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Por último, estando a la mesa
los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su
dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado.
Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la
creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se
condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi
nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes
en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos
sobre los enfermos y se pondrán bien”» (Mc 16, 14-18). Reflexión
Mediante
el sacramento del matrimonio, en el cual está enraizada y de la que se
alimenta, la familia es vivificada continuamente por el Señor y es llamada e
invitada al diálogo con Dios mediante la vida sacramental, el ofrecimiento de
la propia vida y oración. Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y
para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y
especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la
muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa
de nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: el Señor se ha
dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la
gracia y la caridad. Jesús
permanece con ellos
El
don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del
matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su
existencia. Jesucristo permanece con ellos para que los esposos, con su mutua
entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se
entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente
sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un
sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y
familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe,
esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua
santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios. La vocación
universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres
cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y
traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y
familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar,
que ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza, de la
cruz, de la resurrección y del signo. Testigos del «Evangelio de la familia» Y
como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir
cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también
la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo
sacrificio espiritual. También a los esposos y padres cristianos, de modo
especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se
aplican las palabras del Concilio: también los laicos, como adoradores que en
todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios. En nuestra época,
como en el pasado, no faltan testigos del «evangelio de la familia», aunque
no sean conocidos o no hayan sido proclamados santos por la Iglesia. Es sobre
todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confía el tesoro de la
familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la familia han
encontrado el camino de su vocación humana y cristiana, la dimensión del
«hombre interior» (Ef 3, 16), de la
que habla el Apóstol, y han alcanzado así la santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras familias santas. El
Concilio ha recordado que la santidad es la vocación universal de los
bautizados. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Qué quiere decir que los esposos
son llamados a la santidad?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final VI. LA EUCARISTÍA, SIGNO Y ALIMENTO PARA EL AMOR
CONYUGAL SIN LÍMITES Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os
digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no
tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida
eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre,
permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y
yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan
bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que
coma este pan vivirá para siempre”» (Jn 6, 53-58). Reflexión Mediante
los sacramentos de la iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía, se ponen los fundamentos
de toda vida cristiana. La participación en la naturaleza divina que los
hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía
con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto,
los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la
Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de
la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación
cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina
y avanzan hacia la perfección de la caridad. Raíz y fuerza de la alianza conyugal La
Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia
de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el
antídoto más natural contra la dispersión. Es el lugar privilegiado donde la
comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la
participación eucarística, el día del
Señor se convierte también en el día
de la Iglesia. El deber de
santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y
su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido el
matrimonio cristiano. La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto,
el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la
Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz (cf. Jn 19, 34). Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los
cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura
interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto
representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía
es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia
cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de su «misión», ya
que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar
un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la
Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre
«derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo apostólico de
la familia cristiana. Potencia
educativa de la Eucaristía La Eucaristía
es un sacramento verdaderamente admirable. En él se ha quedado Cristo
mismo como alimento y bebida, como fuente de poder salvífico para nosotros.
Nos lo ha dejado para que tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia (cf. Jn 10, 10): la vida que tiene él y que
nos ha transmitido con el don del Espíritu, resucitando al tercer día después
de la muerte. Es efectivamente para nosotros la vida que procede de él. Cristo está cerca. Y todavía más, él
es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando os acercáis a la mesa eucarística.
Puede suceder que, como en Emaús, se le reconozca solamente en la «fracción
del pan» (cf. Lc 24, 35). A veces
también él está durante mucho tiempo ante la puerta y llama, esperando que la
puerta se abra para poder entrar y cenar con nosotros (cf. Ap 3, 20). Su última cena y sus
palabras pronunciadas entonces conservan toda la fuerza y la sabiduría del
sacrificio de la cruz. No existe otra fuerza ni otra sabiduría por medio de
las cuales podamos salvarnos y podamos contribuir a salvar a los demás. No
hay otra fuerza ni otra sabiduría mediante las cuales vosotros, padres,
podáis educar a vuestros hijos y también a vosotros mismos. La fuerza educativa de la Eucaristía se
ha consolidado a través de las generaciones y de los siglos. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Porqué la Eucaristía es fuente y
cima de la vida cristiana?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final VII. RECONCILIACIÓN Y PERDÓN EN LA FAMILIA Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Mas ahora, en Cristo Jesús,
vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca
por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos
hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su
carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo,
de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a
ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la
Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a
los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al
Padre en un mismo Espíritu» (Ef
2, 13-18). Reflexión Parte
esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana
es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos los
cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del bautismo que
los ha hecho «santos». Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su
principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también
toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las
relaciones con los demás y con el resto de la creación. Tampoco la familia es
siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal,
proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio. Conflictos
y reconciliación en familia La comunión familiar puede ser
conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en
efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la
comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia
ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan
con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las
múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo
tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la
experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de la
comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la
participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del
único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la
responsabilidad de superar toda división y caminar hacia la plena verdad de
la comunión querida por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor:
que «todos sean una sola cosa» (Jn
17, 21). Sacramento de la Penitencia y paz en familia El
arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte
tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la
Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo
VI en la encíclica Humanae vitae:
«Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran
con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el
Sacramento de la Penitencia» (n. 25). Hay que descubrir
a Cristo como mysterium pietatis,
en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia
plenamente consigo. Éste es el rostro de Cristo que conviene hacer descubrir
también a través del sacramento de la penitencia que, para un cristiano, es el camino ordinario para obtener el
perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo. La celebración de
este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En
efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo
la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de
la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al
encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado,
reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar. Esta capacidad
depende de la gracia divina del perdón y de la reconciliación, que asegura la
energía espiritual para empezar siempre de nuevo. Precisamente por esto, los
miembros de la familia necesitan encontrar a Cristo en la Iglesia a través
del admirable sacramento de la penitencia y de la reconciliación. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Tenemos experiencia de los
beneficios del Sacramento de la Penitencia en la vida familiar?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final VIII. LA FAMILIA, COMUNIDAD DE ORACIÓN Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Pedid y se os dará; buscad y
hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que
busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros
que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una
culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros
hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a
los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11). Reflexión La oración hace que el Hijo de Dios habite en medio
de nosotros. A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular
las palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en
verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la tierra en pedir cualquier
cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos
o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 19-20). La oración abre al amor hacia los hermanos En
realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el
matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el
fundamento de una vocación, mediante la cual su misma existencia cotidiana se
transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo» (cf. 1 Pe 2, 5). Las comunidades cristianas
tienen que llegar a ser auténticas
«escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese
solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza,
adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato» del
corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso
en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor
de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el
designio de Dios. La educación de los hijos a la oración Los
padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la
plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de
Dios y del coloquio personal con Él: sobre todo en la familia cristiana,
enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa
que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y
a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo. La plegaria
familiar tiene características propias. Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La
comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que
deriva de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. Elemento fundamental
e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el
testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la
madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el
corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de
la vida no lograrán borrar. Es significativo
que, precisamente en la oración y mediante la oración, el hombre descubra de
manera sencilla y profunda su propia subjetividad típica: en la oración el
«yo» humano percibe más fácilmente la profundidad de su ser como persona.
Esto es válido también para la familia,
que no es solamente la «célula» fundamental de la sociedad, sino que
tiene también su propia subjetividad, la cual encuentra precisamente su
primera y fundamental confirmación y se consolida cuando sus miembros invocan
juntos: «Padre nuestro». La oración refuerza la solidez y la cohesión
espiritual de la familia, ayudando a que ella participe de la «fuerza» de
Dios. La oración en familia y la oración litúrgica Una
finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir
para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia de toda
la Iglesia. De aquí deriva la necesidad de una progresiva participación de
todos los miembros de la familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los
domingos y días festivos, y en los otros sacramentos, de modo particular en
los de la iniciación cristiana de los hijos. La Liturgia es la
cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente
de donde mana toda su fuerza. Por tanto, es el lugar privilegiado de la
catequesis del Pueblo de Dios. La catequesis está intrínsecamente unida a
toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos, y sobre
todo en la Eucaristía, donde Jesucristo actúa en plenitud para la
transformación de los hombres. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿Qué ventajas provienen de la
oración de los padres junto con sus hijos?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final IX. LA FAMILIA, NÚCLEO Y FUENTE DEL BIEN SOCIAL Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Acudían asiduamente a la enseñanza de los
apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor
se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y
señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían
sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la
necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y
con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con
alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de
todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían
de salvar» (Hch, 2, 42-47). Reflexión La
familia posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye
su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida.
En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la
primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del
desarrollo de la sociedad misma. Así la familia, en virtud de su naturaleza y
vocación, lejos de encerrarse en sí misma, se abre a las demás familias y a
la sociedad, asumiendo su función social. La familia: sujeto social En efecto, la familia es una
comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir
juntos es la comunión: communio
personarum (comunión de personas). Por eso la familia es la primera y
fundamental escuela de socialidad; como comunidad de amor, encuentra en el
don de sí misma la ley que la rige y hace crecer. El don de sí, que inspira
el amor mutuo de los esposos, se pone como modelo y norma del don de sí que
debe haber en las relaciones entre hermanos y hermanas, y entre las diversas
generaciones que conviven en la familia. La comunión y la participación
vivida cotidianamente en la casa, en los momentos de alegría y de dificultad,
representa la pedagogía más concreta y eficaz para la inserción activa,
responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio de la sociedad. Todo niño es un
don a los hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida se convierte en don para los mismos donantes de la vida, los
cuales no dejarán de sentir la presencia del hijo, su participación en la
vida de ellos, su aportación a su bien común y al de la comunidad familiar.
Verdad, ésta, que es obvia en su simplicidad y profundidad, no obstante la
complejidad, y también la eventual patología, de la estructura psicológica de
ciertas personas. El bien común de toda
la sociedad está en el hombre que, como se ha recordado, es «el camino de
la Iglesia». La misma experiencia de comunión y participación, que debe caracterizar
la vida diaria de la familia, representa su primera y fundamental aportación
a la sociedad. Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar
están inspiradas y guiadas por la ley de la «gratuidad» que, respetando y
favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único título de
valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad
desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda. Primera
escuela de socialidad Así
la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la familia se
convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y
estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto,
justicia, diálogo y amor. De este modo la familia constituye el lugar natural
y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la
sociedad: colabora de manera original y profunda en la construcción del
mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en particular custodiando
y transmitiendo las virtudes y los «valores». Como consecuencia, de cara a una sociedad que corre el peligro de ser
cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto inhumana y
deshumanizadora, con los resultados negativos de tantas formas de «evasión»
—como son, por ejemplo, el alcoholismo, la droga y el mismo terrorismo—, la
familia posee y comunica todavía hoy energías formidables capaces de sacar al
hombre del anonimato, de mantenerlo consciente de su dignidad personal, de
enriquecerlo con profunda humanidad y de inserirlo activamente con su
unicidad e irrepetibilidad en el tejido de la sociedad. Derechos de
la familia y derecho a la vida La solidaridad requiere también ser llevada a cabo
mediante formas de participación social
y política. En consecuencia, servir el Evangelio de la vida supone que las familias, participando
especialmente en asociaciones familiares, trabajen para que las leyes e
instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde
la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan. La Carta de los Derechos de la
Familia, evidentemente, se dirige también a las familias mismas: ella
trata de fomentar en el seno de aquéllas la conciencia de la función y del
puesto irreemplazable de la familia; desea estimular a las familias a unirse
para la defensa y la promoción de sus derechos; las anima a cumplir su deber
de tal manera que el papel de la familia sea más claramente comprendido y
reconocido en el mundo actual. Reflexiones del sacerdote o del animador
Diálogo
·
¿En qué sentido la familia es
escuela de socialidad?
Compromisos
Ave María Reina
de la Familia, ruega por nosotros Plegaria
por la familia Canto final X. LA FAMILIA Y EL
AMOR POR LOS MÁS DÉBILES
Canto inicial
Oración del Padre Nuestro Lectura de la Biblia «Pasando de allí Jesús vino junto al mar de Galilea;
subió al monte y se sentó allí. Y se le acercó mucha gente trayendo consigo
cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él
los curó. De suerte que la gente quedó maravillada al ver que los mudos
hablaban, los lisiados quedaban curados, los cojos caminaban y los ciegos
veían; y glorificaron al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les
dijo: “Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen
conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que
desfallezcan en el camino.” Le dicen los discípulos: “¿Cómo hacernos en un
desierto con pan suficiente para saciar a una multitud tan grande?”. Díceles
Jesús: “¿Cuántos panes tenéis?”. Ellos dijeron: “Siete, y unos pocos
pececillos.” El mandó a la gente acomodarse en el suelo. Tomó luego los siete
panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los
discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y de
los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas. Y los que habían
comido eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños. Despidiendo luego
a la muchedumbre, subió a la barca, y se fue al término de Magadán» (Mt 15,
29-39). Reflexión
La función social de la familia no
puede ciertamente reducirse a la acción procreadora y educativa, aunque
encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresión. Las
familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a
muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas
aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la organización de
previsión y asistencia de las autoridades públicas. La aportación social de
la familia tiene su originalidad, que exige se la conozca mejor y se la apoye
más decididamente, sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando de
hecho lo más posible a todos sus miembros. Apertura
solidaria a todos los hombres como hermanos |